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Rentabilidad por cliente: el que más vende puede ser el menos rentable

  • hace 1 día
  • 12 min de lectura
Curva de rentabilidad por cliente — TMC Consultores Comerciales

Hace unas semanas conversé con el director general de un fabricante de alimentos en México. Me recibió orgulloso, con un reporte de ventas en la mano, y me señaló de inmediato a su cliente estrella: una cadena regional que representaba casi el 30% de su volumen.


"Ese cliente nos hizo crecer", me dijo. Asentí, pero le pedí permiso para revisar algo antes de celebrar. Tres semanas después, cuando terminamos de asignar todos los costos reales de servir a esa cuenta —fletes especiales, devoluciones, días de inventario inmovilizado, descuentos por pronto pago, penalizaciones por fill rate, horas de su equipo comercial atendiendo pedidos urgentes— el número que apareció en la última línea no era una utilidad. Era una pérdida.


Su cliente estrella estaba, en silencio, drenando la rentabilidad que los demás clientes generaban con esfuerzo.


No es un caso raro. Es, de hecho, el patrón más común que encuentro cuando una empresa de consumo masivo me abre sus libros. Y es el corazón de un problema que cuesta millones cada año: la rentabilidad por canal y por cliente casi nunca es la que las empresas creen que es.


El espejismo del volumen


Existe una creencia profundamente arraigada en la industria: el cliente que más compra es el cliente más valioso. Tiene una lógica intuitiva —más cajas vendidas, más facturación, más participación de mercado— y por eso pocos directores la cuestionan. Pero esa lógica se rompe en el momento en que uno deja de mirar la facturación y empieza a mirar lo que cuesta generar esa facturación.


La investigación de los profesores Robert Kaplan y V.G. Narayanan, de Harvard, desmontó esta idea con un hallazgo que sigue sorprendiendo a quien lo escucha por primera vez. Al analizar la rentabilidad acumulada de la cartera de clientes de una empresa, el 20% más rentable suele generar entre el 150% y el 300% de las utilidades totales. El 60% o 70% intermedio apenas alcanza el punto de equilibrio. Y el 10% a 20% menos rentable destruye entre el 50% y el 200% de esas utilidades. Dicho de otra forma: una parte de su cartera está subsidiando, sin que nadie lo note, a otra parte que pierde dinero en cada entrega.


Esta distribución, cuando se grafica, toma una forma reconocible: sube con fuerza, se aplana en el centro y cae al final, como el lomo de una ballena emergiendo del agua. Por eso se le conoce como la "curva de la ballena". Y lo más incómodo del análisis es esto: los clientes más grandes rara vez están en el centro tranquilo de la curva. Suelen estar en uno de los dos extremos. O son extraordinariamente rentables, o son los que más dinero cuestan. El tamaño no protege; amplifica.


En el caso del fabricante sueco de sistemas de calefacción que Kaplan documentó, el 20% superior de clientes generaba el 225% de las utilidades, el 70% quedaba en equilibrio, y el 10% inferior producía una pérdida equivalente al 125% de las utilidades. La sorpresa que cerró el círculo: sus dos clientes de mayor volumen eran también los menos rentables de toda la cartera.


¿Por qué ocurre esto? La trampa del costo de servir


La pregunta natural del director general es siempre la misma: si le vendo más a ese cliente, ¿cómo puede ser que pierda dinero con él? La respuesta está en un concepto que la mayoría de las empresas de consumo masivo mide mal o sencillamente no mide: el costo de servir (cost-to-serve).


El margen bruto —precio menos costo del producto— es solo la mitad de la historia, y francamente es la mitad fácil. La otra mitad es todo lo que ocurre después de fijar el precio y antes de que el dinero entre limpio a la caja. Y ahí es donde los clientes grandes saben negociar.


Un cliente de gran volumen rara vez se conforma con un buen precio. Pide ventanas de entrega cada vez más estrechas. Cambia su definición de "entrega completa" para penalizar incumplimientos que antes toleraba. Exige entregas programadas en lugar de solicitadas. Demanda promociones financiadas por el fabricante. Maneja plazos de pago de 60 o 90 días. Devuelve mercancía con facilidad. Solicita pedidos pequeños y frecuentes con instrucciones especiales que multiplican el costo logístico. Cada una de estas exigencias es razonable vista de manera aislada. El problema es que nadie suma el total.


Costo de servir y rentabilidad por cliente en consumo masivo — TMC Consultores

McKinsey lo documentó con claridad en su estudio sobre los estándares de servicio del retail moderno: más de la mitad de las empresas de consumo encuestadas reportaron que los detallistas endurecieron sus requisitos de entrega a tiempo y completa (OTIF), estrechando ventanas y aumentando las multas. Y aquí está el dato que debería quitarle el sueño a cualquier director comercial: solo el 17% de las empresas cree estar recuperando más del 75% del costo real de servir a sus clientes. 


La mayoría apenas recupera la mitad. Es decir, el fabricante absorbe en silencio la diferencia, entrega tras entrega, y la llama "costo de hacer negocios".

No lo es. Es una fuga de rentabilidad perfectamente identificable que se ha normalizado.


Lo que está pasando en el mercado


El problema no es nuevo, pero se ha vuelto más caro y más urgente por tres fuerzas que se cruzaron al mismo tiempo.


La primera es la presión inflacionaria sobre los costos de insumos, energía y logística, que comprimió los márgenes de toda la cadena. Cuando el margen era amplio, una cuenta poco rentable se escondía dentro del colchón. Hoy ese colchón desapareció, y las cuentas que antes apenas raspaban el equilibrio ahora pierden dinero de forma visible.


La segunda es el endurecimiento del poder de negociación del retail. Las grandes cadenas profesionalizaron sus áreas de compras y de category management mucho antes que muchos de sus proveedores profesionalizaran sus áreas comerciales.


El resultado es una asimetría: del lado del comprador hay analistas mirando cada peso del acuerdo comercial; del lado del proveedor, con frecuencia hay un ejecutivo de cuenta cuyo bono depende del volumen, no de la utilidad.

La tercera es el comercio electrónico, que introdujo una estructura de costos que pocos fabricantes saben asignar. Los costos de fulfillment en e-commerce pueden representar entre el 12% y el 20% de los ingresos del canal, según McKinsey. Cuando una empresa atiende ese canal con la misma lógica de costeo que usa para sus entregas a tienda física, el resultado es un canal que aparenta crecer mientras erosiona el margen consolidado. No todo crecimiento es bueno. El crecimiento no rentable destruye valor.


Los riesgos para fabricantes y retailers al no medir la rentabilidad por cliente


Cuando una empresa no conoce su rentabilidad real por cliente y por canal, no comete un error; comete una cadena de errores que se alimentan entre sí.


Asigna mal sus recursos comerciales. El mejor vendedor, las mejores promociones y la mayor atención gerencial terminan dirigidos al cliente de mayor volumen, que con frecuencia es el menos rentable. Mientras tanto, los clientes que realmente sostienen el negocio —medianos, disciplinados, que pagan a tiempo y no exigen heroísmos logísticos— reciben atención de segunda. Se premia lo que cuesta y se descuida lo que aporta.


Toma decisiones de precio a ciegas. Sin visibilidad del costo de servir a nivel de cuenta, los equipos comerciales conceden descuentos y condiciones que parecen inofensivos en la negociación y resultan letales en el estado de resultados. McKinsey lo señala con precisión para el caso del comercio digital: los equipos comerciales muchas veces carecen de visibilidad de los costos operativos a nivel de artículo, de modo que toman decisiones no rentables sin siquiera saberlo.


Subsidia a unos clientes con otros, sin estrategia. Esto rompe la equidad de la cartera y, peor aún, expone al fabricante a que un cliente exigente imponga condiciones que terminan financiándose con el margen de sus competidores en el anaquel.


Y para el retailer el riesgo es simétrico, aunque de signo distinto: una cadena que exprime a sus proveedores más allá del costo real de servir termina deteriorando el surtido, empujando a sus proveedores estratégicos hacia la competencia y debilitando categorías completas. La relación más sana no es la que extrae más, sino la que reparte el valor de manera que ambos quieran seguir invirtiendo en ella.


La buena noticia: donde hay una fuga, hay una oportunidad


Aquí cambia el tono de la conversación, porque este es uno de esos problemas cuyo diagnóstico ya contiene buena parte de la solución.


La distancia entre el punto más alto de la curva de la ballena y la utilidad final que la empresa reporta representa utilidad no realizada: dinero que el negocio ya está generando pero que sus propias cuentas deficitarias se comen antes de llegar a la última línea. Recuperar aunque sea una parte de esa utilidad no requiere conquistar nuevos mercados, lanzar nuevos productos ni aumentar cuotas. Requiere dejar de perder lo que ya se gana.


Esto significa que las palancas de mejora suelen tener un retorno sobre la inversión extraordinariamente alto, porque no se trata de crecer sino de corregir. Reconfigurar las condiciones de un puñado de cuentas deficitarias —ajustar plazos de pago, establecer pedidos mínimos, consolidar entregas, cobrar lo que hoy se regala en servicios extraordinarios, racionalizar promociones que no mueven la aguja— puede transformar el resultado de toda la cartera sin tocar el volumen rentable.


Y hay una oportunidad estratégica más profunda: el fabricante que entiende su costo de servir mejor que su cliente entiende el suyo recupera poder en la mesa de negociación. Deja de discutir solo precio y empieza a discutir la economía completa de la relación, que es donde el verdadero margen se gana o se pierde.


Qué hacen las empresas líderes y qué errores cometen las demás


Las empresas que dominan esto comparten una disciplina: costean cada cliente y cada canal de extremo a extremo, no solo hasta el margen bruto. Asignan a cada cuenta sus fletes, sus devoluciones, su costo financiero por días de pago, su inversión promocional, su costo de inventario y el tiempo de su fuerza de ventas. Lo hacen con metodologías de costeo basado en actividades, que atribuyen los costos a quien realmente los provoca en lugar de promediarlos sobre toda la cartera. Y convierten ese análisis en acción: segmentan, renegocian, y cuando es necesario, reconfiguran o despiden cuentas que destruyen valor.


Los errores del resto son predecibles. Miden la rentabilidad por producto o por región, pero nunca por cliente. Promedian los costos logísticos sobre todas las cuentas, lo que hace que los clientes disciplinados subsidien a los costosos dentro del propio reporte contable. Atan los incentivos de la fuerza de ventas al volumen y no a la utilidad, garantizando que el equipo persiga exactamente a los clientes equivocados. Y cuando por fin sospechan que una cuenta pierde dinero, no se atreven a actuar por miedo a perder volumen, sin entender que perder volumen no rentable mejora el resultado.


El verdadero obstáculo no es medir la rentabilidad por cliente, sino atreverse


Le voy a confesar algo que aprendí después de muchos diagnósticos: la parte difícil de este problema casi nunca es el análisis. Construir la curva de la ballena, asignar el costo de servir, identificar a las cuentas que pierden dinero —todo eso es trabajo técnico que un buen equipo resuelve en semanas. Lo verdaderamente difícil viene después, cuando hay que sentarse frente al cliente deficitario y cambiar las reglas. Y ahí es donde la mayoría de las empresas se paraliza.


El miedo tiene nombre y apellido: represalias. ¿Y si renegocio las condiciones y el cliente se molesta? ¿Y si pido un pedido mínimo y se va con la competencia? ¿Y si ajusto el precio para reflejar el costo real de servirlo y me saca del anaquel? Para un fabricante cuya facturación depende en buena medida de tres o cuatro grandes cadenas, esas preguntas no son paranoia. Son riesgos reales. Y el resultado es una parálisis muy costosa: la empresa sabe que la cuenta pierde dinero, tiene los números sobre la mesa, y aun así no hace nada. Prefiere la pérdida conocida al conflicto incierto.


Entiendo el temor. Pero después de tres décadas viendo cómo terminan estas historias, le puedo decir que el miedo casi siempre es mayor que el riesgo real, y que la inacción cuesta mucho más de lo que la conversación incómoda jamás costaría.


Por qué el miedo está sobredimensionado


McKinsey lo planteó sin rodeos en su estudio sobre estándares de servicio en el retail: el temor a alienar a los clientes poderosos suele estar exagerado. La evidencia apunta en sentido contrario al que dicta la intuición. En lugar del castigo que el fabricante anticipa, lo que las empresas encontraron fue mayor disposición a colaborar: el 80% de las compañías encuestadas reportó estar participando en nuevos programas de colaboración con sus clientes, y la mayoría de los retailers buscaba implementarlos en plazos de tres a seis meses.


¿Por qué? Porque el retailer profesional no quiere proveedores que pierdan dinero con él. Un proveedor que sangra margen es un proveedor que tarde o temprano recorta calidad, deja de invertir en la categoría, reduce su servicio o, en el peor de los casos, desaparece. Ninguna de esas cosas le conviene a una cadena seria. La cadena quiere proveedores sanos, capaces de invertir, innovar y sostener el surtido. Cuando uno llega a la mesa con números claros y una propuesta de win–win —no un ultimátum, sino una reconfiguración de la economía de la relación— el comprador profesional suele escuchar. Porque entiende, mejor que muchos proveedores, que una relación que solo extrae termina por romperse.


La diferencia entre exigir y renegociar


Aquí está el matiz que lo cambia todo, y es donde el miedo se disuelve: corregir una cuenta no rentable no significa entrar a exigir un aumento de precio y cruzar los dedos.


Significa llegar con la economía completa de la relación sobre la mesa y abrir opciones.

A veces la solución ni siquiera toca el precio de lista.

  • Es consolidar entregas que hoy se hacen de forma fragmentada y carísima.

  • Es ajustar el plazo de pago de 90 a 60 días.

  • Es establecer un pedido mínimo que elimine los envíos urgentes que destruyen el margen.

  • Es cobrar por el servicio extraordinario que hoy se regala.

  • Es racionalizar promociones que no mueven volumen pero sí consumen inversión.


Cada una de esas palancas mejora la rentabilidad sin pedirle al cliente que pague más por el producto —le pide, en cambio, que la relación opere de una forma que tenga sentido para ambos.


El fabricante que llega así a la negociación no llega como un proveedor quejándose del margen. Llega como un socio que entiende su propio negocio mejor que nadie en la sala. Y ese cambio de posición —de suplicante a socio informado— es, en sí mismo, la mejor protección contra cualquier represalia.


El costo real de no hacer nada

Vale la pena nombrarlo con claridad, porque el miedo a la represalia siempre se siente más urgente que el costo de la inacción, aunque casi nunca lo sea.


Cada trimestre que una empresa decide no actuar sobre una cuenta deficitaria es un trimestre en el que sus clientes rentables siguen subsidiando al que pierde dinero. La fuga no se queda quieta mientras usted reúne valor para la conversación: se acumula. Y lo más perverso es que cuanto más grande y más temido es el cliente, más rápido drena la rentabilidad de toda la cartera mientras nadie se atreve a tocarlo.


La pregunta correcta no es "¿qué pasa si renegocio y el cliente reacciona mal?". La pregunta correcta es "¿cuánto me cuesta cada mes que sigo sin hacerlo?". Cuando ese número aparece en pesos sobre la mesa, el miedo deja de mandar y la decisión se vuelve evidente.

Cómo resolverlo, en términos prácticos

El camino es ordenado y se puede recorrer sin necesidad de un sistema sofisticado para empezar.


  1. Construya la curva de la ballena de su negocio: ordene a todos sus clientes de mayor a menor rentabilidad real —no facturación— y grafique la utilidad acumulada. Ese solo ejercicio suele provocar más decisiones que un año entero de juntas comerciales.

  2. Costee de extremo a extremo. Incorpore a cada cuenta el costo de servir completo: logística, devoluciones, costo financiero de los plazos de pago, inversión promocional y costo de atención comercial. Si un cliente paga a 60 días, eso tiene un costo financiero real que debe aparecer en su rentabilidad.

  3. Segmente y diferencie el modelo de servicio. No todos los clientes merecen el mismo nivel de servicio ni las mismas condiciones. Los clientes rentables y de alto potencial merecen inversión; los deficitarios merecen una conversación honesta sobre condiciones, pedidos mínimos y precios que reflejen el costo de atenderlos.

  4. Alinee los incentivos. Mientras la fuerza de ventas cobre por volumen, perseguirá volumen. Cuando empiece a cobrar por margen y por rentabilidad de cartera, su comportamiento cambiará en un trimestre.


Qué indicadores debe medir


Si tuviera que dejarle a un director comercial un tablero mínimo, le pediría seguir de cerca pocos indicadores pero los correctos: la utilidad por cliente después del costo de servir —no el margen bruto—; el costo de servir como porcentaje de las ventas de cada cuenta, para detectar a los clientes que consumen recursos desproporcionados; el porcentaje del costo de servir que efectivamente se recupera vía precio o condiciones; la rentabilidad por canal costeada de forma independiente, especialmente en e-commerce; y la concentración de utilidad, es decir, qué proporción de su utilidad total depende de su 20% superior y cuánto destruye su cola deficitaria.


El impacto financiero, en una frase


Para un negocio con un millón de pesos de utilidad neta, la lógica de la curva de la ballena sugiere que su utilidad "interna" —antes de absorber a los clientes que pierden dinero— pudo haber sido de entre 1.5 y 3 millones.


La diferencia no está esperando en un nuevo mercado. Está escondida en su propia cartera, y lleva años saliéndose por una fuga que nadie ha cerrado porque nadie la ha medido.


Una reflexión final


El director general con el que empecé esta historia no despidió a su cliente estrella. Hizo algo más inteligente: se sentó a renegociar la economía completa de la relación, con números en la mano que su contraparte no esperaba ver. Ajustaron plazos, racionalizaron las entregas urgentes y reorganizaron el calendario promocional. Doce meses después, esa misma cuenta —el mismo volumen, el mismo cliente— había pasado de destruir margen a generarlo. No perdió a su cliente más grande. Dejó de perder dinero con él.


Esa es la verdadera oportunidad. La rentabilidad por canal y por cliente no es un ejercicio contable; es una decisión estratégica sobre dónde quiere ganar su empresa y con quién. Y la única forma de tomar esa decisión bien es dejar de adivinar quién es rentable y empezar a saberlo.


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